miércoles, 31 de julio de 2013

LA DISCIPLINA DE LA INFELICIDAD

Ser infeliz y miserable es un trabajo arduo. No nos engañemos. Es una labor que requiere de esfuerzo y dedicación. Como cualquier otra tarea en la vida, es necesario entregarse y comprometerse para llevarla a cabo con resultados satisfactorios.


Entonces, ¿Por qué parece que lo trabajoso fuera exclusivamente ser feliz? ¿Por qué tenemos la sensación de que si no hacemos nada somos infelices y si queremos ser felices tenemos que hacer un esfuerzo titánico y casi utópico?


Yo creo que la ecuación es más bien la inversa. La infelicidad requiere trabajo, la felicidad fluidez. Debemos esforzarnos para ser infelices; para ser felices, poco más que entregarnos a la nada.


Cuando atiendo a las parejas en consulta, uno de los elementos que les generan mayor impacto, es descubrir cuánto hacen de esfuerzo en pro del desencuentro. Claramente, llegan por lo general en una crisis que amenaza la existencia misma de la relación y casi sin excepción, usan la terapia como último recurso desesperado de encontrarse y vincularse. Yo entonces , por lo general, les invito a revisar como ha sido la disciplina del desencuentro. Me miran perplejos, no entendiendo a qué me refiero. Creen que el desencuentro y la crisis están relacionados más con lo que NO hacen.


La vida, como yo lo veo, es una seguidilla de elecciones. Momento tras momento, minuto tras minuto, hacemos elecciones que definen cómo sigue nuestra vida. Con cada elección, hacemos al mismo tiempo una renuncia. Con cada renuncia se van infinitas posibilidades de lo que pudo ser.


Y así, elegimos el desencuentro y la infelicidad. Una y otra vez. Como si fuéramos al gimnasio, entrenamos con múltiples elecciones diarias cómo evitar el contacto con nosotros mismos y otros, cómo sabotearnos, cómo repetirnos, cómo estancarnos. Como quien entrena para una maratón, hacemos infinitas repeticiones. Reaccionamos igual a las mismas situaciones. Una y otra vez dejamos de dar el abrazo que necesitamos, dejamos de pedir la escucha que nos libera, dejamos de sonreír y elegimos amargarnos.


Nos gusta vendernos que somos víctimas de un entorno que nos limita. No hay mentira más grande. Lo de afuera es lo de afuera y el  mundo pone sus paredes de concreto y sus bordes filosos. Pero nosotros elegimos una y otra vez qué hacemos con eso. Generalmente elegimos pegarnos contra ese muro. Y otra vez. Y otra vez.


La mujer elige reaccionar con indignación a la ausencia del marido. El marido elige ausentarse y perderse en su trabajo. Ambos eligen venderse que deben seguir juntos por los hijos. La madre que no pide apoyo, el hombre que renuncia a querer. El trabajador que se queda haciendo lo que no le gusta, el millonario que es preso de su capital y de su ambición. Todas elecciones. De todas somos responsables.


Tomamos millones de microelecciones casi siempre en pro del desencuentro, casi siempre en pro de la infelicidad. Como quien va al gimnasio terminamos agotados. El desgaste es inconmensurable. No vale la pena.


¿Y para ser felices que? ¿Cuál es el trabajo? tenemos esa creencia cultural de que todo cuesta compromiso y esfuerzo. En el caso de ser feliz es justamente lo contrario. La felicidad y el bienestar residen en el presente. Cuando podemos estar aquí y ahora, la plenitud de la existencia nos aterriza en toda su magnitud. Cuando soltamos y nos dejamos estar hasta la tristeza es una experiencia plena. El trabajo es quizá, dejar de esforzarnos, dejar de pelearnos con lo que somos. Soltar las aprehensiones, los terrores de futuro. Abandonar el control. Confiar.

Soy un convencido de que menos es más. Creo que hacemos un excelente y esforzado trabajo en ser infelices. Seguimos el cronograma que nos plantearon de niños con perfección y obediencia. Nos dejamos en ello la vida. Creo, así mismo, que cuando soltamos, dejamos ir nuestras pretensiones de grandeza,  nuestros anhelos de éxito, no tenemos más remedio que Ser. Y ahí, la felicidad asoma su cabeza y nos sonríe.

lunes, 29 de julio de 2013

EL TEATRO COMO RITUAL

Ayer terminó un taller que hicimos desde el CGS llamado como esta entrada "El Teatro como Ritual". Este taller, como tantos otros aterrizó en nuestras manos y llevarlo a cabo fue una tarea ardua que, como pasa casi siempre, fue recompensada con magia.
El taller fue dado por Héctor Aristizábal. Un hombre, nacido en Medellín que fue víctima de nuestra época más cruda y difícil. Fue preso y torturado por razones absurdas. Sufrió pérdidas cercanas y decidió exiliarse en Estados Unidos hace ya varios años.
Psicólogo y actor, sensibilizado con su historia y dueño de su vida, decidió hacer de la muerte creación y nacimiento. Con el poder alquímico que dar el reinventarse, hizo lo que en Gestalt llamamos un "ajuste creativo". Y así, convirtió su vida en un compartir su realidad y su trabajo con miles de personas que en diferentes esquinas del mundo, han vivido historias de opresión, muerte, tortura. Para esto, entre otras cosas, se ha nutrido de un maravilloso enfoque teatral llamado "Teatro del Oprimido" inventado por Augusto Boal.
La experiencia del fin de semana con Héctor es lo que puedo llamar un salto cuántico de conciencia. Con maestría, nos llevó por la senda oscura del inconsciente, nos acompañó a mirarnos al espejo de nuestra propia herida, nos catapultó a la sanación. Fue una experiencia grupal llena de magia y elementos. Nos encontramos con tierra, agua y fuego en lo que fue una transmutación del dolor.
Pudimos acompañarnos como grupo en la resolución de historias que nos tocan. Pudimos oír las múltiples voces que resuenan en nuestra cabeza y que tantas veces nos sabotean en nuestra búsqueda de amor y vínculo. Bailamos, reímos y jugamos rescatando a nuestro niño. La risa obtenida fue trascendente y universal. Nos encontramos como grupo y por un fin de semana fuimos aldea.
Desde qué la Gestalt existe en mi vida, el teatro ha sido para mi una vía de conciencia que me ha acompañado a algunos de los "darse cuenta" más importantes. A través del teatro, he encontrado mis múltiples personajes y he aprendido a amar a mi personaje habitual. El de todos los días.
En este taller pude dar un paso más. Me encontré con un teatro que responde a un llamado sagrado y divino. Encontré mis dioses interiores. Fui carne en descomposición y me transformé en sol. Fui las dos cosas al mismo tiempo.
Como decía Héctor, los mitos son extraños conjuntos de mentiras que dicen la verdad. Yo encontré mi verdad y, desde la aldea, pude expandirla hasta la última célula de mi cuerpo.

martes, 23 de julio de 2013

MATILDE

Hola Matilde. Te quiero escribir esta carta en este espacio sagrado. Hace mucho no escribía, en gran parte, por lo que me ha implicado tu llegada al mundo hace ahora algo más de 5 meses.

 

Y es que ha sido un tiempo intenso. Una vez más, como con tu hermana Eloisa, toqué zonas profundas de mi sombra. Miedos que creía extintos y pasados.

 

Tuve miedo al displacer, al sacrificio, a la enfermedad y a la muerte. Le tuve miedo al miedo.

 

Me enfrenté una vez más con mi dificultad para acompañar desde el dolor. Me sumergí mil veces en mi angustia para escapar de mi mismo. Era más fácil estar angustiado que responder a tu necesidad.

 

Contacté mi niño interior y competí contigo por la atención del mundo. Quise hacerme visible pues tu ocupabas mucho espacio.

 

Como siempre me ausenté en mis pensamientos y en mis distracciones habituales. Actué muchas veces desde los mínimos, hice lo necesario para no cargar con mi culpa de no ayudar. Quise escapar de ti y de mi mismo.

 

Sin embargo, así como me repetí, también me reinventé.

 

Pude sentirme más que nunca en el lugar de padre. Muchas veces fui solidario compañero de una causa que entendí mía por principio y elección.

 

Me sentí tocado por tu mirada dulce desde que la vi. Te vi salir de una herida abierta y aunque me haya costado un par de mareos, me levanté y enfrente el milagro y la revolución que trajo tu nacimiento.

 

He podido estar como nunca para tu mamá, apoyándola en muchos momentos que me ha necesitado. Todas las veces que me he desconectado he encontrado en mi lo que necesito para reconectarme.

 

Para esto, me ha bastado con tu risa libre y dispuesta. Tu risa fácil.

 

Ha sido mi combustible en tantos viajes a la farmacia y al pediatra. Me ha permitido esperar de pie a que concilies el sueño en medio de tu llanto interminable. He encontrado en mi la voluntad inquebrantable de estar. Aunque sea no estando.

 

He sido sostén de tu hermana para que tu mamá puedo era ser sostén tuyo. He pasado innumerables noches a su lado acompañándola en el duelo de no ser ya la única receptora de nuestra atención y afecto. Me he encargado de recordarle que tu llegada no le quita amor, se lo multiplica.

 

Te quiero con todo lo que soy y estoy aquí para amarte y recibirte. Tu todavía estás llegando, nosotros todavía haciendo nido.

 

Somos una familia dispuesta a reescribirse infinitas veces. Eso nos da el derecho de equivocarnos lo mismo. Queremos dejarte a ti y a tu hermana un legado de incertidumbre y riesgo. La certeza única de que no hay certezas y el camino se labra una caída a la vez.

 

Seguimos aprendiendo...

viernes, 3 de mayo de 2013

EL MIEDO A LA LIBERTAD

Me tomo el atrevimiento de tomar prestado el título de esta entrada. “El miedo a la libertad” es una inspiradora obra de Erich Fromm que profundiza justamente el tema que me llama hoy a escribir este post intentando enriquecerlo con la mirada gestáltica: la dificultad que tenemos en asumir nuestro potencial y hacernos libres.

Fromm, introduce su libro con una cita maravillosa de Pico Della Mirandola. que reza:

No te di, Adán, ni un puesto determinado ni un aspecto propio ni función alguna que te fuera peculiar, con el fin de que aquel puesto, aquel aspecto, aquella función por los que te decidieras, los obtengas y conserves según tu deseo y designio. La naturaleza limitada de los otros se halla determinada por las leyes que yo he dictado. La tuya, tú mismo la determinarás sin estar limitado por barrera ninguna, por tu propia voluntad, en cuyas manos te he confiado. Te puse en el centro del mundo con el fin de que pudieras observar desde allí todo lo que existe en el mundo. No te hice ni celestial ni terrenal, ni mortal ni inmortal, con el fin de que -casi libre y soberano artífice de ti mismo-te plasmaras y te esculpieras en la forma que te hubieras elegido. Podrás degenerar hacia las cosas inferiores que son los brutos; podrás -de acuerdo con la decisión de tu voluntad- regenerarte hacia las cosas superiores que son divinas.

Esta cita, para mi, resume de manera contundente, lo que es el ser humano. Una infinitud de posibilidades, un potencial eterno, una divinidad incontestable. ¿Por qué, entonces, vivimos desde tanta limitación, con tanto miedo, tan acorazados y cargando tantas cadenas?

Una pista para esta respuesta está en la cita misma. Nuestro potencial es tan infinito que podemos, incluso, no ejercerlo. Esa es la esencia de nuestra libertad. Tenemos la posibilidad de tomarla o dejarla.

Y es que asumir nuestra libertad implica trabajo, entrega y sacrificio. Implica decidir y hacernos cargo de la consecuencia de esas decisiones. Implica vivir el vacío de la incertidumbre, navegar en aguas turbulentas, perder nuestro apoyos. Por esto es que nuestra historia está marcada por una humanidad que delega su poder en unos pocos. Entregamos el poder de la elección, de decidir por nuestras vidas. Dejamos que cualquier modelo moral nos indique el camino.

Pero cuando resignamos nuestra libertad, resignamos lo que nos hace humanos en primer lugar. Somos, hasta donde sabemos, el único ser dotado de conciencia. La conciencia nos propone y nos impone elegir del mundo aquello que queramos. Elegir para nuestras vidas cualquier cosa, construirnos sin molde, a base de experiencias, de ensayos y errores.

La libertad es quizá el mayor regalo y muestra de nuestra divinidad. Yo no creo en un dios que elige por nosotros mostrándonos EL camino. Creo en una fuerza divina que nos  bendijo con la posibilidad de ejercer nuestra vida según nuestra voluntad y deseo.

Es una libertad no anárquica. No es hacer lo que sea per se yéndose en contra de lo establecido. Eso no es más que una caricatura de libertad en la que jugamos a ser libre cuando no somos más que una respuesta polar a lo que hay.

La libertad pasa por reconocer lo que nos rodea. Las personas, la sociedad,la cultura, las leyes, la geografía, etc. Desde ese reconocimiento y conciencia podemos elegir. Si la elección pasa por transgredir, agredir, dañar y destruir, no tendremos más remedio que asumir las consecuencias de nuestros actos, sean éstas legales, morales, sociales, culturales o relacionales. Si nuestra elección es construir, crear, vincularnos, amar, tendremos una mejor posibilidad de ir haciendo de nuestra vida un lugar de mayor bienestar, coherencia y verdad.

El últimas, ejercer nuestra libertad, es frecuentemente un camino arduo que nos implica reinventarnos cada segundo. Para mi, sin embargo, no hay camino más satisfactorio y maravilloso.

martes, 9 de abril de 2013

UN CAMINO

Con frecuencia les digo a alumnos y consultantes que el Ego es un maestro de los disfraces. Así lo creo. Una de las equivocaciones más frecuentes con respecto al Ego es asociarlo con cierto tipo de conductas. Como si el ego siguiera una modalidad de comportamiento y fuera así, fácilmente identificable. El ego entonces es asociado con egoísmo, vanidad, sensación de superioridad, afán de protagonismo y en general, con todas las conductas que busquen realzar a la persona con el único objetivo de ponerla a la vista del mundo.

Ojalá! El ego en sus manifestaciones quizá más infantiles, se caracteriza por las conductas antes descritas. Pero en la medida que vamos desarrollándonos y creciendo en un camino de conciencia, el ego va tomando formas mucho más sutiles y sofisticadas. Así, se disfraza de monje Zen si eso le garantiza su existencia. Puede tomar todas las formas necesarias y adquirir diferentes discursos. Por supuesto, puede adquirir también la forma de gestaltista. Lo digo porque lo se, lo he vivido. He pasado y sigo pasando mucho tiempo amarrado a formas egoicas complejas que al final, no son más que mi carácter disfrazado de gestalt.

Así, aunque resulta paradójico e inexplicable, las diferentes escuelas de desarrollo personal que promueven la integración en vez de la división, que buscan la trascendencia a partir de la comprensión y vivencia de que somos parte de un todo amplio y sagrado, que critican del mundo la polarización y la guerra, en muchas ocasiones y de manera sistemática terminan convencidos de que su camino es el correcto y señalan otros caminos como inválidos, insuficientes, incompletos. Por alguna razón terminan creyendo que por alguna mágica razón (o muchas racionales) su propuesta es mejor, más completa, superior. De esta manera tenemos muchos egos GIGANTES disfrazados de escuelas de Reiki, meditación, psicología transpersonal, chamanismo, gestalt. 

Esto, creo yo, ocurre cuando después de un pedazo de camino y de quizá muchos descubrimientos, encontramos información trascendente dentro de nosotros y experimentamos liberación y bienestar. Desde el ego entonces nos convencemos que llegamos a la tierra prometida de la sabiduría interior. Y lo que antes fue ensayo y libertad, se convierte en una nueva ortodoxia encadenada. Creemos que ya lo descubrimos todo, que alcanzamos un gran nivel de maestría interna. Y entonces podemos empezar a vender ilusiones de salvación. No nos convertimos más que en pastores de rebaños más sofisticados que los que atienden las iglesias y mezquitas.

En poco tiempo, quizá construyamos completas industrias del desarrollo personal. Lugares “sagrados” en donde entras uno y sales otro. Entras caminando y sales volando por las nubes de la conciencia y la realización. Lugares en los que te hacen creer que encontraste el lugar correcto y que tomaste el camino adecuado. No hay ninguno mejor.

El problema es que muchas personas, ante su necesidad de creer en cualquier cosa, se creen eso. Convierten entonces su terpaeuta o escuela, en la pastilla contra todos sus males. Fabrican un mundo artificial dentro de esas paredes que son incapaces de llevar al mundo de afuera. Tocan y son tocados, miran y son vistos, escuchan y son escuchados. Afuera, generalmente cambia poco o nada. Peor aún, si esa escuela desaparece o son expulsados de ella, se sienten abandonados, perdidos, desarraigados y sin un lugar en el mundo.

En la creencia de que por fin encontramos la verdad revelada, pasamos a venderla. Y no vendemos más que la mentira que nos creímos y no tenemos coraje de desmentir. Pues hacemos de eso un modo de vida. Aprovechamos la necesidad fundamental que tenemos todos los seres humanos de pertenecer y les ofrecemos un oasis. Cuando la persona se acerca, quizá no encuentre más que un espejismo lleno de arena y promesas.

Cuantas veces no he sido yo el que compra promesas. Cuantas veces no he tenido la tentación de venderlas. Cuantas veces no he caído en esa tentación.

Por ahora, no he encontrado más antídoto que trabajar constantemente en la comprensión de que mi camino es particular y propio. Que quizá algo de lo recorrido por mi, sirva a otros y si es así, maravilloso. Eso es, en algún sentido, pasar la riqueza infinita de la experiencia y no vender dogmas y fórmulas de autenticidad y verdad. Como hacen los abuelos o los padres cuando cuentan sus historias. Los niños las escuchan y se nutren naturalmente. Luego emprenden y construyen su propio camino.

Por eso, aunque me considero gestaltista, entiendo la gestalt como una experiencia que por casualidad o divinidad, me ha dado un espacio de exploración y crecimiento. Y sin pretender entenderlo todo, me convierto a mi y al CGS en canales de transmisión que ofrecen una mirada y una alternativa que servirá en mayor o menor grado a las diferentes personas que se acerquen.

La Gestalt es un enfoque maravilloso, o por lo menos lo ha sido para mi. Eso no significa que sea la única posibilidad ni la mejor. Significa que a mi me sirve y que desde ahí quizá le sirva a muchas de las personas que se acercan. Quizá no.

Quiero soltar los afanes de mi ego de ser mejor o tener la propuesta más completa. Quiero desligarme de la necesidad de ser mirado y admirado. Quiero dejar de exigirme tanta excelencia y buscar más presencia y conciencia. Quiero construir una vida y un centro móvil, flexible, siempre creciendo y reinventándose. No quiero sabérmelas todas. No quiero construir mi vida desde la aceptación del otro y después ser esclava de la misma. Quiero, el últimas, aceptar la Gestalt como simple y llanamente, un camino.

jueves, 4 de abril de 2013

LOS "BUENOS" PACIENTES


“No hay buenos terapeutas, hay buenos pacientes”
Erving y Miriam Polster


Recientemente tuvimos la suerte de tener de invitada en el CGS a Loretta Cornejo. Cuando la llevaba al aeropuerto a que tomara su vuelo de vuelta a Madrid, aproveché esos invaluables minutos de trancón para indagar sobre su historia en el mundo de la Terapia Gestalt.

Entre las muchas cosas que me contó, destacó su experiencia con Erving y Miriam Polster en el centro de gestalt de San Diego, California, en el que estudió. Me habló de su calidad humana y de su entereza profesional (en últimas estas dos cosas en gestalt no se diferencian). Y entonces mencionó la frase que inicia esta entrada contándome cómo la repetían con frecuencia.

Escuchar esas palabras me generó escozor e impacto. Si no hay buenos terapeutas (o como lo entiendo yo, no importa que tan buenos sean) entonces ¿para que trabajo día a día?

Es inevitable entender el oficio del terapeuta como se entiende cualquier otro oficio en nuestra sociedad. Primero se estudia, luego se estudia un poco más, luego se practica y con el tiempo de práctica y estudio, pues uno se va volviendo “bueno”. Según lo bueno que se sea, se obtiene reconocimiento social y bienestar económico. Punto.

Sin embargo, yo ya vengo por un tiempo reflexionando acerca del rol del terapeuta. Tengo la fortuna de ser acompañante de procesos de formación en Gestalt y eso me impone revisar todos los días mi rol como profesor, formador, terapeuta y por supuesto, aquello que transmito a futuros terapeutas gestálticos y gestaltistas que formamos.

Así que pronto me di cuenta que el escozor tenía que ver con soltar el lugar tradicional de creer que mi trabajo pasa sobre todo por lo que yo haga y cuán bueno sea en ello y pasa más por el deseo ardiente que tiene la persona que viene al consultorio de trabajarse, sanarse, trascenderse.

Infinidad de veces me he encontrado con pacientes que como decía Fritz Perls, esperan que seamos magos que batimos nuestra varita mágica y los transformamos de sapos a príncipes. Esperan que la transacción consista en que haciendo un desembolso económico, el profesional en frente esté capacitado para curarlo de todos sus males y despojarlo de sus pesadillas. Como si fuéramos un pintor que pasa una capa de pintura blanca impoluta sobre las manchas negras y marrones de sus vidas.

Nuestro trabajo, creo yo, consiste fundamentalmente en intentar acompañar con presencia absoluta e interés indiscutido en el proceso del otro así como en tener la experiencia y entrenamiento en detectar sus modos habituales de evasión y poder frustrarlos. Una y otra vez. Más allá de eso, nuestra principal responsabilidad pasa por hacernos cargo de nuestros propios procesos y ser incansables en nuestra propia trascendencia.

El resto, todos los avances, los rompimientos, los pasos dados, dependen única y exclusivamente del paciente y de su deseo profundo de llegar a lugares nuevos en su vida. La hora de terapia a la semana, no es más que un lugar protegido de ensayo, un espacio que se presta para hacer conciencia y sumergirse en la mirada interior. La vida ocurre afuera del consultorio y sólo los que s e atreven a llevarse la conciencia alcanzada en consulta a su vida, tienen la posibilidad de alcanzar esos lugares tantas veces deseados y tan pocas veces conseguidos.

Así que creo que no somos tan importantes y trascendentales. El terapeuta que cree que en sus manos está la cura y redención de sus pacientes está equivocado. El que cree, desde un ego inflado, que tiene la santidad y maestría para solucionar e iluminar la vida de sus consultantes, cayó en la trampa del poder. Desde su necesidad de ser mirado y admirado, vende salvación y genera seguidores que lo miran como el mesías. Esto, por supuesto, lejos de ayudar al paciente a pararse sobre sus propios pies, genera en él una dependencia que se constituye en un elemento obstaculizador de sus procesos de vida. El terapeuta sigue en su falso pedestal y el paciente en una miseria aún más profunda de aquella con la que llegó.

martes, 19 de marzo de 2013

EL MILAGRO DE LA CONCIENCIA


Y la conciencia se materializa como un milagro. A veces.


Hasta entonces, caminamos irremediablemente como autómatas repitiendo formas de actuar, de reaccionar, de comprender, de tomar iniciativas. Somos poco más que robots que fueron programados y que no actúan por fuera de esa programación.


Y es comprensible. Somos aplastados desde muy temprano por el infinito peso de nuestro árbol genealógico. Mandatos, instrucciones, miedos, tabúes, introyectos de todos los colores y sabores se nos manifiestan de manera directa e indirecta, los mensajes son explícitos o vienen camuflados en miradas y reacciones. Esos son los peores.

Sin darnos cuenta, somos adiestrados en viejas formas que datan de tiempos inmemoriales. La presión del árbol resulta excesiva para los niños que somos. El instinto básico de libertad y realización sucumbe ante la necesidad primaria de ser mirados para sobrevivir. Entonces nos convertimos en todo aquello que nuestros padres quieren ver en nosotros. Así se cumple la maldición del árbol. Asi compramos el billete a la infelicidad, sin retorno garantizado. Nos convertimos en inconsciencia ambulante. El pronóstico es reservado.

El peso del árbol se alía con el peso de todos los árboles. Eso que llamamos sociedad y cultura. Caminamos cargando toneladas. Nos arrastramos en las sombras de nuestra propia miseria. Nos quejamos, nos resignamos y nos volvemos a quejar.

Nos oímos pronunciar una y otra vez “así es la vida”, “ más vale malo conocido”. Rescatamos el sufrimiento como un fin, una búsqueda necesaria para tener en la vida eterna todo lo que nos es privado en la vida finita. Tenemos el látigo a mano y no dudamos en usarlo. Hay que escarmentar malos pensamientos. La felicidad es pecaminosa, sospechosa, indeseable.

Quisiéramos ser felices pero no hacemos una sola cosa en pro de ello. Más bien, hacemos de la infelicidad una disciplina. Todas nuestras acciones diarias van en pro de alejarnos de nuestro ser, de repetir acusaciones y señalamientos, de desencontrarnos de todo y de todos, de encontrar la esterilidad en medio de tanta abundancia.

Un buen día, quizás, por accidente nos tropezamos con el despertar. A veces derivado de una profunda crisis, a veces por una sagrada inspiración. A veces simplemente estamos listos y nos es permitido ver. La ventana de nuestra habitación milenaria se abre con un golpe de viento y vemos el mundo. Allá afuera están los árboles y las montañas, están las personas. El viento sopla en nuestra cara y por primera vez, nos sentimos vivos.

Entonces, somos conscientes y por fin podemos acceder a lo que nos fue negado y que hace parte de nuestra esencia. La posibilidad de elegir, de ser dueños de nuestra vida, de escoger nuestro destino y cargar únicamente con lo que nos pertenece. Podemos entonces devolver al mundo lo que es del mundo. Podemos entonces vestirnos de los colores que nos gustan, aunque no combinen. Podemos entonces ser definidos por nada más que nosotros mismos y nuestras propias circunstancias. Podemos entonces, y sólo entonces, acceder a nuestra divinidad.

Cuando la forma se va cayendo, inevitablemente aparece el fondo. Y en el fondo de nuestra esencia humana sólo hay luz y potencial. La infinitud se abre paso ante la limitación. El robot programado que fuimos va dejando espacio al torrente de la vida que brota de nuestras entrañas.

Así, entonces, la conciencia se materializa como un milagro. A veces.