viernes, 3 de mayo de 2013

EL MIEDO A LA LIBERTAD

Me tomo el atrevimiento de tomar prestado el título de esta entrada. “El miedo a la libertad” es una inspiradora obra de Erich Fromm que profundiza justamente el tema que me llama hoy a escribir este post intentando enriquecerlo con la mirada gestáltica: la dificultad que tenemos en asumir nuestro potencial y hacernos libres.

Fromm, introduce su libro con una cita maravillosa de Pico Della Mirandola. que reza:

No te di, Adán, ni un puesto determinado ni un aspecto propio ni función alguna que te fuera peculiar, con el fin de que aquel puesto, aquel aspecto, aquella función por los que te decidieras, los obtengas y conserves según tu deseo y designio. La naturaleza limitada de los otros se halla determinada por las leyes que yo he dictado. La tuya, tú mismo la determinarás sin estar limitado por barrera ninguna, por tu propia voluntad, en cuyas manos te he confiado. Te puse en el centro del mundo con el fin de que pudieras observar desde allí todo lo que existe en el mundo. No te hice ni celestial ni terrenal, ni mortal ni inmortal, con el fin de que -casi libre y soberano artífice de ti mismo-te plasmaras y te esculpieras en la forma que te hubieras elegido. Podrás degenerar hacia las cosas inferiores que son los brutos; podrás -de acuerdo con la decisión de tu voluntad- regenerarte hacia las cosas superiores que son divinas.

Esta cita, para mi, resume de manera contundente, lo que es el ser humano. Una infinitud de posibilidades, un potencial eterno, una divinidad incontestable. ¿Por qué, entonces, vivimos desde tanta limitación, con tanto miedo, tan acorazados y cargando tantas cadenas?

Una pista para esta respuesta está en la cita misma. Nuestro potencial es tan infinito que podemos, incluso, no ejercerlo. Esa es la esencia de nuestra libertad. Tenemos la posibilidad de tomarla o dejarla.

Y es que asumir nuestra libertad implica trabajo, entrega y sacrificio. Implica decidir y hacernos cargo de la consecuencia de esas decisiones. Implica vivir el vacío de la incertidumbre, navegar en aguas turbulentas, perder nuestro apoyos. Por esto es que nuestra historia está marcada por una humanidad que delega su poder en unos pocos. Entregamos el poder de la elección, de decidir por nuestras vidas. Dejamos que cualquier modelo moral nos indique el camino.

Pero cuando resignamos nuestra libertad, resignamos lo que nos hace humanos en primer lugar. Somos, hasta donde sabemos, el único ser dotado de conciencia. La conciencia nos propone y nos impone elegir del mundo aquello que queramos. Elegir para nuestras vidas cualquier cosa, construirnos sin molde, a base de experiencias, de ensayos y errores.

La libertad es quizá el mayor regalo y muestra de nuestra divinidad. Yo no creo en un dios que elige por nosotros mostrándonos EL camino. Creo en una fuerza divina que nos  bendijo con la posibilidad de ejercer nuestra vida según nuestra voluntad y deseo.

Es una libertad no anárquica. No es hacer lo que sea per se yéndose en contra de lo establecido. Eso no es más que una caricatura de libertad en la que jugamos a ser libre cuando no somos más que una respuesta polar a lo que hay.

La libertad pasa por reconocer lo que nos rodea. Las personas, la sociedad,la cultura, las leyes, la geografía, etc. Desde ese reconocimiento y conciencia podemos elegir. Si la elección pasa por transgredir, agredir, dañar y destruir, no tendremos más remedio que asumir las consecuencias de nuestros actos, sean éstas legales, morales, sociales, culturales o relacionales. Si nuestra elección es construir, crear, vincularnos, amar, tendremos una mejor posibilidad de ir haciendo de nuestra vida un lugar de mayor bienestar, coherencia y verdad.

El últimas, ejercer nuestra libertad, es frecuentemente un camino arduo que nos implica reinventarnos cada segundo. Para mi, sin embargo, no hay camino más satisfactorio y maravilloso.

martes, 9 de abril de 2013

UN CAMINO

Con frecuencia les digo a alumnos y consultantes que el Ego es un maestro de los disfraces. Así lo creo. Una de las equivocaciones más frecuentes con respecto al Ego es asociarlo con cierto tipo de conductas. Como si el ego siguiera una modalidad de comportamiento y fuera así, fácilmente identificable. El ego entonces es asociado con egoísmo, vanidad, sensación de superioridad, afán de protagonismo y en general, con todas las conductas que busquen realzar a la persona con el único objetivo de ponerla a la vista del mundo.

Ojalá! El ego en sus manifestaciones quizá más infantiles, se caracteriza por las conductas antes descritas. Pero en la medida que vamos desarrollándonos y creciendo en un camino de conciencia, el ego va tomando formas mucho más sutiles y sofisticadas. Así, se disfraza de monje Zen si eso le garantiza su existencia. Puede tomar todas las formas necesarias y adquirir diferentes discursos. Por supuesto, puede adquirir también la forma de gestaltista. Lo digo porque lo se, lo he vivido. He pasado y sigo pasando mucho tiempo amarrado a formas egoicas complejas que al final, no son más que mi carácter disfrazado de gestalt.

Así, aunque resulta paradójico e inexplicable, las diferentes escuelas de desarrollo personal que promueven la integración en vez de la división, que buscan la trascendencia a partir de la comprensión y vivencia de que somos parte de un todo amplio y sagrado, que critican del mundo la polarización y la guerra, en muchas ocasiones y de manera sistemática terminan convencidos de que su camino es el correcto y señalan otros caminos como inválidos, insuficientes, incompletos. Por alguna razón terminan creyendo que por alguna mágica razón (o muchas racionales) su propuesta es mejor, más completa, superior. De esta manera tenemos muchos egos GIGANTES disfrazados de escuelas de Reiki, meditación, psicología transpersonal, chamanismo, gestalt. 

Esto, creo yo, ocurre cuando después de un pedazo de camino y de quizá muchos descubrimientos, encontramos información trascendente dentro de nosotros y experimentamos liberación y bienestar. Desde el ego entonces nos convencemos que llegamos a la tierra prometida de la sabiduría interior. Y lo que antes fue ensayo y libertad, se convierte en una nueva ortodoxia encadenada. Creemos que ya lo descubrimos todo, que alcanzamos un gran nivel de maestría interna. Y entonces podemos empezar a vender ilusiones de salvación. No nos convertimos más que en pastores de rebaños más sofisticados que los que atienden las iglesias y mezquitas.

En poco tiempo, quizá construyamos completas industrias del desarrollo personal. Lugares “sagrados” en donde entras uno y sales otro. Entras caminando y sales volando por las nubes de la conciencia y la realización. Lugares en los que te hacen creer que encontraste el lugar correcto y que tomaste el camino adecuado. No hay ninguno mejor.

El problema es que muchas personas, ante su necesidad de creer en cualquier cosa, se creen eso. Convierten entonces su terpaeuta o escuela, en la pastilla contra todos sus males. Fabrican un mundo artificial dentro de esas paredes que son incapaces de llevar al mundo de afuera. Tocan y son tocados, miran y son vistos, escuchan y son escuchados. Afuera, generalmente cambia poco o nada. Peor aún, si esa escuela desaparece o son expulsados de ella, se sienten abandonados, perdidos, desarraigados y sin un lugar en el mundo.

En la creencia de que por fin encontramos la verdad revelada, pasamos a venderla. Y no vendemos más que la mentira que nos creímos y no tenemos coraje de desmentir. Pues hacemos de eso un modo de vida. Aprovechamos la necesidad fundamental que tenemos todos los seres humanos de pertenecer y les ofrecemos un oasis. Cuando la persona se acerca, quizá no encuentre más que un espejismo lleno de arena y promesas.

Cuantas veces no he sido yo el que compra promesas. Cuantas veces no he tenido la tentación de venderlas. Cuantas veces no he caído en esa tentación.

Por ahora, no he encontrado más antídoto que trabajar constantemente en la comprensión de que mi camino es particular y propio. Que quizá algo de lo recorrido por mi, sirva a otros y si es así, maravilloso. Eso es, en algún sentido, pasar la riqueza infinita de la experiencia y no vender dogmas y fórmulas de autenticidad y verdad. Como hacen los abuelos o los padres cuando cuentan sus historias. Los niños las escuchan y se nutren naturalmente. Luego emprenden y construyen su propio camino.

Por eso, aunque me considero gestaltista, entiendo la gestalt como una experiencia que por casualidad o divinidad, me ha dado un espacio de exploración y crecimiento. Y sin pretender entenderlo todo, me convierto a mi y al CGS en canales de transmisión que ofrecen una mirada y una alternativa que servirá en mayor o menor grado a las diferentes personas que se acerquen.

La Gestalt es un enfoque maravilloso, o por lo menos lo ha sido para mi. Eso no significa que sea la única posibilidad ni la mejor. Significa que a mi me sirve y que desde ahí quizá le sirva a muchas de las personas que se acercan. Quizá no.

Quiero soltar los afanes de mi ego de ser mejor o tener la propuesta más completa. Quiero desligarme de la necesidad de ser mirado y admirado. Quiero dejar de exigirme tanta excelencia y buscar más presencia y conciencia. Quiero construir una vida y un centro móvil, flexible, siempre creciendo y reinventándose. No quiero sabérmelas todas. No quiero construir mi vida desde la aceptación del otro y después ser esclava de la misma. Quiero, el últimas, aceptar la Gestalt como simple y llanamente, un camino.

jueves, 4 de abril de 2013

LOS "BUENOS" PACIENTES


“No hay buenos terapeutas, hay buenos pacientes”
Erving y Miriam Polster


Recientemente tuvimos la suerte de tener de invitada en el CGS a Loretta Cornejo. Cuando la llevaba al aeropuerto a que tomara su vuelo de vuelta a Madrid, aproveché esos invaluables minutos de trancón para indagar sobre su historia en el mundo de la Terapia Gestalt.

Entre las muchas cosas que me contó, destacó su experiencia con Erving y Miriam Polster en el centro de gestalt de San Diego, California, en el que estudió. Me habló de su calidad humana y de su entereza profesional (en últimas estas dos cosas en gestalt no se diferencian). Y entonces mencionó la frase que inicia esta entrada contándome cómo la repetían con frecuencia.

Escuchar esas palabras me generó escozor e impacto. Si no hay buenos terapeutas (o como lo entiendo yo, no importa que tan buenos sean) entonces ¿para que trabajo día a día?

Es inevitable entender el oficio del terapeuta como se entiende cualquier otro oficio en nuestra sociedad. Primero se estudia, luego se estudia un poco más, luego se practica y con el tiempo de práctica y estudio, pues uno se va volviendo “bueno”. Según lo bueno que se sea, se obtiene reconocimiento social y bienestar económico. Punto.

Sin embargo, yo ya vengo por un tiempo reflexionando acerca del rol del terapeuta. Tengo la fortuna de ser acompañante de procesos de formación en Gestalt y eso me impone revisar todos los días mi rol como profesor, formador, terapeuta y por supuesto, aquello que transmito a futuros terapeutas gestálticos y gestaltistas que formamos.

Así que pronto me di cuenta que el escozor tenía que ver con soltar el lugar tradicional de creer que mi trabajo pasa sobre todo por lo que yo haga y cuán bueno sea en ello y pasa más por el deseo ardiente que tiene la persona que viene al consultorio de trabajarse, sanarse, trascenderse.

Infinidad de veces me he encontrado con pacientes que como decía Fritz Perls, esperan que seamos magos que batimos nuestra varita mágica y los transformamos de sapos a príncipes. Esperan que la transacción consista en que haciendo un desembolso económico, el profesional en frente esté capacitado para curarlo de todos sus males y despojarlo de sus pesadillas. Como si fuéramos un pintor que pasa una capa de pintura blanca impoluta sobre las manchas negras y marrones de sus vidas.

Nuestro trabajo, creo yo, consiste fundamentalmente en intentar acompañar con presencia absoluta e interés indiscutido en el proceso del otro así como en tener la experiencia y entrenamiento en detectar sus modos habituales de evasión y poder frustrarlos. Una y otra vez. Más allá de eso, nuestra principal responsabilidad pasa por hacernos cargo de nuestros propios procesos y ser incansables en nuestra propia trascendencia.

El resto, todos los avances, los rompimientos, los pasos dados, dependen única y exclusivamente del paciente y de su deseo profundo de llegar a lugares nuevos en su vida. La hora de terapia a la semana, no es más que un lugar protegido de ensayo, un espacio que se presta para hacer conciencia y sumergirse en la mirada interior. La vida ocurre afuera del consultorio y sólo los que s e atreven a llevarse la conciencia alcanzada en consulta a su vida, tienen la posibilidad de alcanzar esos lugares tantas veces deseados y tan pocas veces conseguidos.

Así que creo que no somos tan importantes y trascendentales. El terapeuta que cree que en sus manos está la cura y redención de sus pacientes está equivocado. El que cree, desde un ego inflado, que tiene la santidad y maestría para solucionar e iluminar la vida de sus consultantes, cayó en la trampa del poder. Desde su necesidad de ser mirado y admirado, vende salvación y genera seguidores que lo miran como el mesías. Esto, por supuesto, lejos de ayudar al paciente a pararse sobre sus propios pies, genera en él una dependencia que se constituye en un elemento obstaculizador de sus procesos de vida. El terapeuta sigue en su falso pedestal y el paciente en una miseria aún más profunda de aquella con la que llegó.

martes, 19 de marzo de 2013

EL MILAGRO DE LA CONCIENCIA


Y la conciencia se materializa como un milagro. A veces.


Hasta entonces, caminamos irremediablemente como autómatas repitiendo formas de actuar, de reaccionar, de comprender, de tomar iniciativas. Somos poco más que robots que fueron programados y que no actúan por fuera de esa programación.


Y es comprensible. Somos aplastados desde muy temprano por el infinito peso de nuestro árbol genealógico. Mandatos, instrucciones, miedos, tabúes, introyectos de todos los colores y sabores se nos manifiestan de manera directa e indirecta, los mensajes son explícitos o vienen camuflados en miradas y reacciones. Esos son los peores.

Sin darnos cuenta, somos adiestrados en viejas formas que datan de tiempos inmemoriales. La presión del árbol resulta excesiva para los niños que somos. El instinto básico de libertad y realización sucumbe ante la necesidad primaria de ser mirados para sobrevivir. Entonces nos convertimos en todo aquello que nuestros padres quieren ver en nosotros. Así se cumple la maldición del árbol. Asi compramos el billete a la infelicidad, sin retorno garantizado. Nos convertimos en inconsciencia ambulante. El pronóstico es reservado.

El peso del árbol se alía con el peso de todos los árboles. Eso que llamamos sociedad y cultura. Caminamos cargando toneladas. Nos arrastramos en las sombras de nuestra propia miseria. Nos quejamos, nos resignamos y nos volvemos a quejar.

Nos oímos pronunciar una y otra vez “así es la vida”, “ más vale malo conocido”. Rescatamos el sufrimiento como un fin, una búsqueda necesaria para tener en la vida eterna todo lo que nos es privado en la vida finita. Tenemos el látigo a mano y no dudamos en usarlo. Hay que escarmentar malos pensamientos. La felicidad es pecaminosa, sospechosa, indeseable.

Quisiéramos ser felices pero no hacemos una sola cosa en pro de ello. Más bien, hacemos de la infelicidad una disciplina. Todas nuestras acciones diarias van en pro de alejarnos de nuestro ser, de repetir acusaciones y señalamientos, de desencontrarnos de todo y de todos, de encontrar la esterilidad en medio de tanta abundancia.

Un buen día, quizás, por accidente nos tropezamos con el despertar. A veces derivado de una profunda crisis, a veces por una sagrada inspiración. A veces simplemente estamos listos y nos es permitido ver. La ventana de nuestra habitación milenaria se abre con un golpe de viento y vemos el mundo. Allá afuera están los árboles y las montañas, están las personas. El viento sopla en nuestra cara y por primera vez, nos sentimos vivos.

Entonces, somos conscientes y por fin podemos acceder a lo que nos fue negado y que hace parte de nuestra esencia. La posibilidad de elegir, de ser dueños de nuestra vida, de escoger nuestro destino y cargar únicamente con lo que nos pertenece. Podemos entonces devolver al mundo lo que es del mundo. Podemos entonces vestirnos de los colores que nos gustan, aunque no combinen. Podemos entonces ser definidos por nada más que nosotros mismos y nuestras propias circunstancias. Podemos entonces, y sólo entonces, acceder a nuestra divinidad.

Cuando la forma se va cayendo, inevitablemente aparece el fondo. Y en el fondo de nuestra esencia humana sólo hay luz y potencial. La infinitud se abre paso ante la limitación. El robot programado que fuimos va dejando espacio al torrente de la vida que brota de nuestras entrañas.

Así, entonces, la conciencia se materializa como un milagro. A veces.

martes, 12 de marzo de 2013

LA ZONA DE CONFORT

Interesante video acerca de las zonas de confort. Toca puntos que en Gestalt llamamos vacío fértil y ajuste creativo. Más adelante escribiré un poco sobre este tema.



 

lunes, 11 de marzo de 2013

CHÁVEZ

Mucho se ha escrito sobre la vida y muerte de Hugo Chávez. Hay posiciones a favor o en contra de su gestión. Hay opiniones más radicales y más mediadoras. Casi todas hablan con lenguaje político, económico, social. Hay quienes defienden su carisma y liderazgo. Hay quienes critican su ánimo polarizante y su populismo exacerbado.

Ahora, ¿Qué hace un escrito sobre Chávez en un blog de Gestalt? Yo me hice la misma pregunta cuando me surgió en interés de escribirlo. Aparentemente la terapia se ocupa de otros temas. Se queda más en el ámbito de lo personal, de lo intrapersonal y de lo interpersonal. Los fenómenos sociales no suelen suscitar tanto interés en nosotros. Estamos más interesados en el comportamiento y sus mucho matices.

Sin embargo, generalmente, cómo es en lo “micro” es en lo “macro”. Los fenómenos sociales y hasta la misma historia de la humanidad, tienen equivalencias directas en el comportamiento y ciclo de vida de un individuo cualquiera (para los interesados en este tema recomiendo el libro “Después el edén” de Ken Wilber http://goo.gl/ztjHc).

Así, muchas de las pautas que nos ayudan a los psicólogos a entender al ser humano como individuo. Sirven para entender a la sociedad como un todo. Esta es la riqueza que este tipo de lecturas puede aportar ya que generalmente, las explicaciones no trascienden las cifras y las estadísticas.

Por esto, Se lee a Chávez (o cualquier otro presidente) en términos de cuánta pobreza y violencia hay en Venezuela. Indagan índices de corrupción, mortalidad, abastecimiento, desarrollo de la industria y crecimiento de la economía. No me malinterpreten. Creo que son lecturas válidas y necesarias. Sólo que, a mi juicio, son incompletas.

Cuando llega un paciente a consulta, normalmente, lo hace porque sufre. Una parte del sufrimiento está relacionada con lo que sea que está ocurriendo en su vida y la mayor parte con el hecho de pelearse con el sufrimiento mismo. Gran parte del trabajo que hacemos los terapeutas gestálticos consiste en acompañar a la persona a aceptar su situación vital y desde ahí fluir hacia trascenderla. Acompañamos a la persona a que de alguna manera ame y acepte incondicionalmente lo que le esta pasando como requisito fundamental para dar el paso hacia nuevas situaciones vitales, más coherentes y respetuosas con el ser.

Esto implica una mirada radicalmente distinta a la mirada habitual y tradicional que dicta que la solución a un problema es irse en contra del mismo (por ejemplo la vía que hemos tomado hacía el consumo de drogas en el mundo). La mirada gestáltica acepta el conflicto como una parte necesaria de un ciclo vital sano y que, de ser integrada, puede entonces ser trascendida. Resistir solo genera más resistencia, fluir genera cambio y trascendencia.

¿Y que tiene todo esto que ver con Chávez? Advertí  que era un escrito que pretendía una mirada distinta. Según esto Chávez hace parte de un continuo evolutivo de la conciencia humana. Así entendido, Chávez pasa de héroe o villano (según quien lo mire), a ser una pieza fundamental de la humanidad como un todo. Tuvo una función que cumplir. Tuvo un trabajo que hacer. Y no hizo ni más ni menos que ese trabajo.

Exactamente con el individuo, la humanidad en su desarrollo no se puede saltar pasos. Yo creo que la humanidad está, siguiendo el paralelismo, en una muy conflictiva adolescencia. Todavía abundan personas que, como Chávez, se casan con posiciones rígidas y por alguna razón, creen tener en sus manos la verdad. Todavía pensamos en términos de blancos y negros. Todavía somos adictos a la aprobación y actuamos desde el miedo a perderla. Mientras esto sea así, tendremos tantos Chávez como sean necesarios. Y mientras haya Chávez habrá Uribes. Pensaremos unos tener más razón que los otros. Todos con excelentes argumentos.

HAcer este escrito sobre Chávez no es entonces más que una excusa para hablar de una realidad que a mi manera de ver nos toca a todos. Todos tenemos un trabajo que hacer, una historia que vivir. Somos fundamentales en la historia que construimos como especie. Tenemos la bendición de la conciencia y cada golpe es un paso más en el desarrollo de la misma. Como hablé de Chávez, podría haber hablado de cualquier otro de nosotros.  

Estaremos listos para entrar a la adultez cuando como humanidad podamos ponernos sobre nuestros propios pies. Tener opiniones y no verdades. Aceptarnos más que pelearnos y finalmente atrevernos a poner en duda lo aprendido, mirando la visión del otro y teniendo así, una visión mucho más integral e integradora del mundo que nos compone y nos rodea. O por lo menos eso opino.

lunes, 4 de marzo de 2013

AGUAS ESTANCADAS

El agua quieta se pudre. Esa es una máxima de amplio conocimiento basada en una verdad observable. Cuando el agua deja de fluir, la tendencia es a que se echa a perder.

De idéntica forma, ocurre en nuestras vidas. Nuestro devenir vital se va ralentizando, vamos dejando de fluir, de movernos y todo lo que es vida, va perdiendo sentido. Esto, por supuesto, ocurre de diferentes maneras y en diferentes grados según la persona o  según el momento de vida que estemos atravesando.

La vida cotidiana, la sociedad, el mundo, nos van invitando de manera constante a la quietud y el estancamiento. Somos invitados a la rigidez y aceptamos gustosos la invitación con demasiada frecuencia. Nos entregamos a la rutina y a la monotonía, creyendo que de eso se trata la vida, que no hay remedio, que con tener que comer y dónde dormir ya deberíamos estar agradecidos. Peor aún, nos convertimos en consumidores compulsivos, creyendo que ejercemos libertad. No nos damos cuenta de las cadenas que cargamos y que nos mantienen atados al suelo. Como dice Erich Fromm: “Las relaciones humanas son esencialmente las de autómatas enajenados, en las que cada uno basa su integridad en mantenerse cerca del rebaño y en no diferir en el pensamiento, el sentimiento o la acción.”

Y eso ya va oliendo a podrido. Huele a podrido una vida que dejó de aspirar a conocer, a crecer, a descubrir. Huele a podrido el desgano vital, la resignación existencial. Huele a podrido la compulsión a tener por tener. Huele a podrido creer que ya sabemos todo lo que hay que saber. Huele a podrido cuando perdimos la capacidad de vincularnos, de tocar.

Y así, poco a poco, se nos van apagando los ojos y el alma. Resignamos lo que nos es dado a todos de niños: la curiosidad, la espontaneidad, el estar alerta, descubrir desde la experiencia. Nos volvemos impermeables al mundo. Vivimos porque si, por el hecho de respirar. Como si vivir fuera una carga y no una elección.

Pensemos en un río. El río fluye más rápido o más lento, lleva mayor o menor caudal. Se encuentra con rocas, las trasciende y las transforma. El río se adapta a las condiciones del terreno y continua de manera inexorable su camino hacia el mar.

Nosotros somos ese río. Ese es nuestro regalo divino. Venimos con la capacidad de fluir por la fuerza de la vida. No hay que hacer nada. Tendemos hacia la evolución. Sólo habitar el mundo y nuestro ser, nos pone en cauce, nos lleva hacia la trascendencia. Sin embargo, poco a poco, por acción de la sociedad en un principio y luego de nosotros mismos en la adultez, vamos represando ese río, bloqueando e impidiendo su fluir hasta que, por más fuerza que tenga ese río, va quedando represado y muerto.

Por esto, pienso que el camino de desarrollo no consiste en cambiar o mejorar nada de lo que somos. Ya tenemos la divinidad manifiesta en nuestro fluir. La única tarea es destrabar. Con paciencia de santo y fuerza de hormiga, ir quitando una a una esas trabas y esos bloqueos que se han ido instaurando en nuestra vida. Sólo eso, hace que el agua muerta empiece a mover de nuevo y es ahí que opera el milagro. Lo que se creía muerto, era vida pura en potencia que al darle un poco de permiso y espacio, se manifiesta en su grandeza y podemos ser esos seres transformadores y libres que siempre hemos estado destinados a ser.